NOVENA SEMANA



CULTURA URBANA
Y MEDIACIÓN
COMUNITARIA
1.1. Ciudad y cultura urbana
La ciudad se ha convertido en el escenario principal de la
vida humana en los últimos siglos, y al parecer su importancia seguirá
creciendo cada vez más en las décadas por venir. Las calles, esquinas, casas,
edificios, parques y plazas de las ciudades, son escenarios en los que
transcurre la mayor parte de las vidas humanas, ya sea que se viva en una gran
ciudad, en una mediana, o en un pequeño casco urbano. Pero, ¿qué es la ciudad?
¿Un gran punto de encuentro? ¿El sitio donde se concentra casi toda la
información del mundo de hoy? ¿El lugar en el que se concentran oportunidades
educativas y posibilidades para obtener mejores niveles de vida? ¿Un conjunto
de avenidas y construcciones atestadas de vehículos y de gentes? La ciudad es
todo eso y mucho más, pero en esencia, es el lugar en el que se tratan y
deciden los problemas públicos, y el espacio desde el cual se ejerce el poder
político, económico y espiritual de regiones, naciones y continentes. Esas
funciones le dan a la urbe una fuerza de atracción enorme, gracias a la cual se
ha convertido en una gran fábrica de bienes y servicios, arte y cultura,
inventos y pensamientos. Es por eso que en la ciudad se desarrollan relaciones
sociales de forma más frecuente y diversa que en cualquier otro lugar que
podamos imaginar. La ciudad aparece cuando la especie humana se hace sedentaria
y construye un espacio estable desde el cual organizar su actividad. Las
ciudades ejercen su influencia sobre provincias, regiones y naciones, y se
convierten en centros acumulativos y distributivos de todo tipo de bienes, y en
recintos para la toma de decisiones que afectan a personas que viven dentro y
fuera de sus linderos. También concentran, tarde o temprano, los símbolos y los
ritos de las distintas formas de poder. El gobernante y sus ejércitos, la riqueza
y el saber, los templos, los dioses y sus sacerdotes, tendrán como escenario privilegiado
la ciudad. Y ello explica, en buena medida, el temor reverencial o el odio
concentrado, la dicha arrolladora o la repulsa incontenible, con que los seres
humanos hemos pronunciado a lo largo de nuestra breve historia, palabras como
Alejandría, Babilonia, Nínive, Jericó, Roma, Tenochtitlán, Berlín, Moscú, Nueva
York, Londres, Constantinopla, Washington, La Habana, Bogotá o Barranquilla. De
todo lo anterior se desprende la importancia de estudiar y comprender las ciudades,
tema por lo demás apasionante y hermoso. Pero la ciudad se puede analizar de
muy diversas maneras: en su dinámica económica, en sus aspectos demográficos,
en la cantidad y calidad de sus servicios públicos, en su producción
arquitectónica, etc. En este texto vamos a tratar de pensar en la ciudad como escenario
cultural, esto es, como escenario de relaciones sociales mediadas por sistemas
de valores que determinan la forma como los habitantes se encuentran o desencuentran
con el espacio y los bienes públicos, y con sus semejantes. Lo primero que es
importante advertir es el hecho de que la ciudad es un enorme caleidoscopio
habitado por múltiples formas de pensar, diversas creencias, posturas morales,
pasiones, ideologías y gustos, lo cual la hace altamente heterogénea. A
diferencia de la aldea y la vereda, donde tiende a primar una cierta homogeneidad
de creencias y valores, en la ciudad la diversidad puede llegar a ser casi
infinita.
Por eso se suele decir que la ciudad es, por excelencia, el
escenario de las diferencias, y por tanto un lugar poco propicio para identidades
monolíticas. En la convivencia de esas enormes diferencias, las ciudades han
encontrado un potente motor para su desarrollo, y un detonante de su empuje y
vitalidad. En buena medida, es la diversidad lo que le permite a la ciudad
desarrollar infinidad de actividades de manera simultánea, y ofrecer tres,
cinco, diez, o más formas posibles de satisfacer una misma demanda o necesidad.
Y por lo general, en toda gran ciudad habitan de forma permanente personas de
distintas regiones, nacionalidades, idiomas y culturas. Si Bogotá es la ciudad
de todas las regiones de Colombia, Nueva York, por ejemplo, es la ciudad de
todas las nacionalidades y religiones del mundo. Pero quizá los más hermoso de
las urbes es que brindan la posibilidad de construir la unidad en medio de la
diversidad, lo cual es un rasgo propio de la cultura urbana. En efecto, en
medio del gigantesco repertorio de formas de sentir, actuar y pensar, existe la
posibilidad de tener unidad en torno a aspectos como los siguientes:
! Las normas que
todos deben observar para usar los bienes colectivos que hay en la casa común
que es la ciudad. Por ejemplo, cómo usar los espacios públicos (esas salas y
pasillos de la casa común), comportamientos para respetar los códigos y señales
que orientan las circulaciones y velocidades de vehículos y peatones, cómo usar
y cuidar los muebles que adornan y ayudan al buen funcionamiento de esa casa
(canecas, bancas, paraderos, postes de luz), o cómo preservar el material
vegetal y el medio ambiente urbanos.
! La valoración de
elementos simbólicos que identifican colectivamente a los pobladores y que se
tornan en distintivos especiales de cada ciudad. Por ejemplo, el Parque
Central, o el Puente de Brooklyn en Nueva York; los Campos Elíseos, o la Torre
Eifel en París; el Metro, o el Cerro Nutibara en Medellín; el Museo Gugenhaim,
o la Ría en Bilbao; la Puerta de Alcalá, el Parque El Retiro, o Las Cibeles en
Madrid; la Sagrada Familia, o la barceloneta en Barcelona; el Zócalo, el Angel,
o los Bosques de Chapultepec en México, el Río de la Plata, la Plaza de Mayo, o
La Boca en Buenos Aires; Transmilenio, y el Parque Simón Bolívar en
Bogotá.
! El tipo de ciudad que se quiere construir, es decir, cuál
es la casa común que se quiere tener para el futuro, estableciendo acuerdos
sobre aspectos como los niveles y tipos de participación, que se entiende en la
ciudad por justicia social, el tipo y la calidad de espacios públicos, los
elementos ambientales a preservar, la forma cómo se deben distribuir, organizar
y reglamentar las actividades residenciales, comerciales, institucionales, e
industriales.
Lo más interesante es que coincidir en aspectos como los
mencionados, no significa dejar de ser distintos. Por el contrario, significa
precisamente que siendo diferentes podemos compartir unas valoraciones que
cobijan diversas formas de ser. Al fin y al cabo, solo se verifica el
intercambio y el diálogo entre diferentes, pues los iguales no tienen necesidad
de construir la unidad que ya tienen y que solo se cuestiona, se transforma y
produce nuevos avances, cuando hace crisis.
Es por eso que la cultura urbana es la vivencia de la
diferencia aceptada y positivamente valorada. Por eso, la cultura urbana se
constituye en base de la convivencia, y se diferencia de la cultura de la guerra
que se basa en la exclusión, e invita no a respetar la diferencia sino a tomar
partido, y a alinderarse con un bando. Esta última es una cultura que lleva la
diferencia a un nivel pasional y fanático, produciéndose un alto irrespeto por
el diferente, al cual no se le ve como complemento, sino como odioso
contrincante. Por el contrario, en la ciudad se hace posible que cada cual
pueda pensar y comportarse como quiera, sin violar los límites que imponen unas
normas básicas, y que nadie lo censure. De esta manera, la esencia de cultura
urbana radica en el profundo respeto de la diferencia.









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